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A menudo se piensa que las relaciones se miden por el poder, la concentración de autoridad y la defensa estricta de un estatus indiscutible. Sin embargo, la porción de la Torá de esta semana nos enseña la lección opuesta. Una verdadera relación, como demostró Moisés, no consiste en menospreciar a los demás para sentirse superior. Es precisamente lo contrario: se trata de empoderar a quienes nos rodean y sentir una alegría genuina por sus éxitos, sin sentirnos jamás amenazados.

La historia comienza cuando los Asafsuf (la multitud mixta), un grupo de conversos que se unieron a la nación por temor a las plagas de Egipto y no por amor al Cielo, encuentran una vez más un motivo para quejarse. "¿Quién nos dará de comer?", preguntan, añorando falsamente su pasado en Egipto. Esta queja no provenía de hambre física real, sino del deseo de eludir la responsabilidad moral y buscar excusas. Moisés pregunta a Hashem: "¿Cómo puedo proveerles de carne?". El Creador responde con dos instrucciones claras. Primero, compartir la carga y el espíritu: Moisés debe reunir a setenta hombres de entre los ancianos de Israel, sobre quienes se le concederá el espíritu de profecía, para que lo ayuden a guiar. La segunda instrucción: durante un mes entero, el Creador proveerá a los Hijos de Israel de carne en grandes cantidades para que comprendan la inutilidad de perseguir deseos materiales.

Moisés obedeció la orden divina y reunió a setenta ancianos fuera del Tabernáculo. El Creador les infundió el espíritu profético, y comenzaron a profetizar. Sin embargo, en el mismo campamento, ocurrió un suceso inesperado. Dos ancianos, Eldad y Medad, quienes, por profunda humildad, no se consideraban dignos de estar entre los setenta, se quedaron atrás. A pesar de ello, la profecía no los pasó por alto; comenzaron a profetizar de forma independiente en el corazón del campamento.

Josué, hijo de Nun y fiel siervo de Moisés, considera esto un duro golpe a la autoridad y el estatus de Moisés. Corre hacia él y le suplica: “¡Señor Moisés, deténgalos! Están desafiando tu exclusividad como líder y profeta”. La respuesta de Moisés refleja la esencia misma del verdadero liderazgo y las relaciones humanas. Desea que el Creador otorgue su espíritu a toda la nación. No hay en él ni rastro de celos, solo pura alegría al ver que más personas alcanzan un nivel espiritual tan elevado.

La mayoría de los pecados interpersonales, como el asesinato, el robo y el hurto, nacen de un ego inflado. Una vida de “Más Luz, Menos Ego” reconoce que hay suficiente abundancia divina para todos. Cuando no te sientes amenazado por la existencia o el éxito de tu prójimo, la tentación de dañarlo o robarle desaparece por completo. En el mundo espiritual, el poder actúa como la llama de una vela: puedes encender miles de velas y tu propia luz no disminuirá en lo más mínimo.

Para los noájidas, esta lección de Moisés redefine el papel del líder. Un verdadero líder empodera a los demás y los ayuda a crecer. Su mayor aspiración es ver a quienes están bajo su cuidado superarse. Quien sabe que no trabaja por su propio honor, sino por un propósito divino, considera el éxito de sus semejantes como la máxima realización de su misión.

Por el rabino Moshe Bernstein

Fuentes: Números, capítulo 11, versículos 4-6. Números, capítulo 11, versículos 26-28. Rashi sobre Números 11-26.



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