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En esta parashá, hay un versículo de la parashá Devarim (Deuteronomio 1:5) que muestra la importancia de que las naciones del mundo estudien la Torá Escrita: “Al otro lado del Jordán, en la tierra de Moab, Moisés se propuso explicar esta Torá”, es decir, la explicó en 70 idiomas. La Guemará (Talmud Bavli, Sotá 35b) afirma que las naciones del mundo estaban obligadas a estudiar la Torá Escrita, la cual estaba inscrita en piedras de yeso, pero lamentablemente no lo hicieron.

Según Rashi (basado en Midrashim), Moisés les explicó la Torá en setenta idiomas. Es decir, Moisés, nuestro Maestro, no se limitó a repetir los mandamientos y leyes, sino que los tradujo e interpretó a los setenta idiomas del mundo. La Guemará, en el Tratado Sotá 35b, habla de un evento relacionado con la entrada a la Tierra de Israel, donde la Torá describe cómo los israelitas (Deuteronomio 27) construyeron un altar con piedras enteras, las revocaron y escribieron sobre ellas todas las palabras de la Torá.

La Torá no es simplemente un código ético o religioso para una nación específica, sino sabiduría divina que atañe a toda la humanidad. Su propósito claro era que cada nación pudiera aprender Torá. Es decir, existía la intención divina de hacer la Torá accesible a toda la humanidad. Esta accesibilidad a toda la Torá Escrita, grabada en piedras, tenía como objetivo permitir que las naciones del mundo comprendieran y cumplieran mejor las Siete Leyes Noájidas, que son las obligaciones universales que les incumben. Conocer la Torá Escrita proporciona un contexto más profundo y amplio para los conceptos de moralidad, justicia y creencia en un solo Dios.

La Torá es universal y está destinada a toda la humanidad, y las naciones del mundo estaban (y aún están) obligadas a aprenderla. Esto podría aumentar su aceptación de los siete mandamientos noájidas y, por lo tanto, traerles una inmensa recompensa.

Este es un objetivo universal que incumbe a todos los seres humanos: crear conciencia de un solo Dios y abstenerse de la idolatría. El propósito de la creación, la razón por la que Dios creó y sigue creando el mundo a cada instante, es que Él sea conocido. Este conocimiento de Dios es el objetivo último de nuestra existencia. El principio fundamental de la fe y la moralidad: saber que existe un Creador primordial, fuente de todo lo que existe en los cielos y en la tierra.

Fuentes: Talmud Bavli, Sotah 35b. Deuteronomio 1:5. “Likutei Sijot” del Lubavitcher Rebe, Volumen 27, página 248. Deuteronomio 27.

Por el rabino Moshe Bernstein



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