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Integrar la Torá en la propia vida a través de la reflexión y la conversación puede ser una experiencia increíblemente divertida y atractiva. Es un viaje de descubrimiento, en el que la sabiduría ancestral y las enseñanzas intemporales cobran vida en nuestras experiencias cotidianas. A través de la reflexión, tenemos la oportunidad de sumergirnos en el rico tapiz de la Torá, extrayendo profundas ideas y lecciones que resuenan en nuestras vidas modernas. La alegría reside en los momentos "ajá", aquellos en los que un versículo o una historia de la Torá conectan de repente con nuestros retos, aspiraciones y valores personales. Y cuando participamos en conversaciones sobre la Torá con otras personas, se convierte en una exploración interactiva, en la que diversas perspectivas e interpretaciones mejoran nuestra comprensión. Estos diálogos a menudo despiertan el entusiasmo y la curiosidad intelectual, haciendo que el proceso de aprendizaje sea agradable y satisfactorio. La Torá se convierte en una parte vibrante y dinámica de nuestras vidas, que nos ofrece no sólo orientación, sino también una fuente inagotable de fascinación, conexión y crecimiento.

NOTA: No te sientas obligado a consultar todas las fuentes ni a responder a todas las preguntas, a menos que quieras hacerlo. Incluso una sola fuente o una sola pregunta te dará mucho material para debatir y meditar. Disfrútalo.

Algunas reflexiones sobre la parashá Mishpatim

“No dejarás con vida a ninguna bruja.” (Éxodo 22:17)

La Torá es muy dura al respecto. ¿Por qué se trata la brujería con tanta severidad?

En esencia, la brujería representa un intento de acceder a las fuerzas ocultas de la creación y dirigirlas hacia un resultado deseado. Supone que la realidad puede ser manipulada mediante la técnica, el conocimiento de canales secretos y el aprovechamiento de las energías incrustadas en la estructura del mundo. El practicante busca influencia.

La Torá ve algo espiritualmente peligroso en esta postura.

Cada elemento de la creación tiene un orden, una estructura, un límite. El mundo se desenvuelve según patrones establecidos por el Creador. Cuando una persona intenta anular esos patrones mediante la manipulación oculta, se perturba algo más profundo: el reconocimiento de dónde reside el poder en última instancia.

Esto plantea una pregunta profunda.

Si no estamos destinados a manipular la realidad, ¿qué hacemos cuando oramos?

Cuando alguien se para junto a una cama de hospital y pide sanación, reza por su sustento o implora protección, esa petición también se dirige al cambio. La enfermedad sigue procesos biológicos. Los mercados siguen fuerzas económicas. La historia sigue corrientes políticas. Y aun así, pedimos.

La diferencia radica en la orientación del corazón.

En la oración, el ser humano no se apropia del poder; se sitúa ante él. Reconoce que el mundo natural no es una máquina independiente. Sus leyes se sostienen momento a momento por Aquel que las creó. Pedir un cambio se convierte en un acto de relación, no de control.

La oración refina a quien ora. Fortalece la claridad. Invita a la humildad. Abre la posibilidad de que lo que buscamos también sea digno. Las palabras de la Amidá concluyen: “Sean gratos ante ti los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón” (Salmos 19:15). En esa frase se esconde una sumisión silenciosa: no solo que quiero algo, sino que quiero lo que se alinea con tu voluntad.

Para los Noéjidas, esta enseñanza es profundamente relevante.

Vivimos en una época fascinada por las técnicas: métodos de manifestación, prácticas energéticas, atajos espirituales, sistemas que prometen influencia sobre fuerzas invisibles. El deseo de influir en la realidad no ha desaparecido; simplemente se ha modernizado.

La guía de la Torá es firme: cultiva la relación en lugar del control. Busca la alineación en lugar de la dominación. Reconoce que el mundo está gobernado por una sabiduría que escapa a nuestro alcance, y que la dignidad humana reside en la colaboración, no en la opresión.

La oración no debilita la iniciativa. La purifica. Actuamos, trabajamos, nos esforzamos, pero lo hacemos sabiendo que los resultados están en manos superiores.

El salmista capta este ritmo:

“Espera en el Señor; esfuérzate y aliéntese tu corazón, y espera en el Señor.” (Salmos 27:14)

La fuerza y la esperanza viven juntas.

Ahora, reflexiona sobre las siguientes preguntas:

  1. Cuando pides algo en oración, ¿qué postura interior adoptas: urgencia, confianza, miedo, entrega?
  2. ¿Cómo distinguir entre la iniciativa sana y la ilusión de control?
  3. ¿Qué prácticas de la espiritualidad contemporánea parecen alineadas con la reverencia a Dios y cuáles parecen intentos de eludirlo?
  4. ¿Cómo afecta el reconocimiento de la soberanía Divina la manera en que respondemos a la decepción?
  5. ¿En qué áreas de tu vida necesitas más coraje para actuar y más humildad para obtener resultados?

¡Shabbat Shalom!

Por el rabino Tani Burton

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