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Parashat Shelach: El pecado de los espías y la primacía de la acción.

Basado en Likutei Torah (Shelach 32:3), el discurso jasídico Shelach 5748, Likkutei Sichot (vol. 13, pág. 39), y el comentario del Ramban.


Cada año, el pueblo judío completa la Torá entera leyéndola en porciones semanales. Una de las porciones más dramáticas y que invitan a la reflexión es Parashá Shelach, la historia de los doce espías enviados a explorar la Tierra de Israel.

El relato es conocido. Moisés envía a un líder destacado de cada tribu a explorar la tierra que Dios había prometido al pueblo judío. Su misión parece sencilla: determinar la naturaleza del país, evaluar a sus habitantes y traer algunos de sus frutos.

Tras cuarenta días, regresan con un informe sorprendente. La tierra es, en efecto, fértil, “que mana leche y miel”, y presentan enormes frutos como prueba. Sin embargo, su mensaje cambia rápidamente de tono. Las ciudades están fuertemente fortificadas, sus habitantes son poderosos y gigantes habitan la tierra.

Diez de los espías llegan a una conclusión devastadora:

“No podemos atacar a esa gente, porque es más fuerte que nosotros.”

El pueblo entra en pánico. Lloran durante toda la noche, interrogan a Moisés y Aarón, e incluso sugieren regresar a Egipto. Como resultado, la generación que abandonó Egipto es condenada a vagar por el desierto durante cuarenta años.

La pregunta obvia es: ¿Cuál fue exactamente su pecado?

Un fracaso de fe

El comentarista medieval Ramban (Nachmánides) ofrece una de las explicaciones más influyentes.

El pueblo había pedido inicialmente enviar espías para determinar la mejor estrategia para entrar en la tierra prometida. Moisés consideró esta una petición razonable. No había obligación de depender exclusivamente de milagros; la preparación militar era perfectamente aceptable.

El problema comenzó cuando los espías pasaron de la simple observación al juicio.

Ramban presta especial atención a la palabra hebrea. “efes”,” comúnmente se traduce como “sin embargo”. En su sentido más profundo, la palabra significa “nada” o “cero”.”

Al usar esta expresión, los espías no solo informaban de los hechos, sino que, en efecto, afirmaban que conquistar la tierra era imposible. Su error radicaba en la falta de confianza en que la promesa de Dios pudiera superar los obstáculos naturales.

Sacar conclusiones

Una explicación relacionada aparece en Likkutei Sichot.

Los espías habían sido enviados para recabar información, no para determinar el resultado de la misión. Moisés necesitaba un informe, no un veredicto estratégico.

Sus palabras, “No podemos atacar a esa gente”, revelan que se habían extralimitado en sus funciones. Según el Talmud, su declaración incluso puede interpretarse como una insinuación de que los habitantes de la tierra eran “más fuertes que Él”, más fuertes que Dios mismo.

Por lo tanto, el pecado no radicaba en lo que veían, sino en las conclusiones que extraían de lo que veían.

Una perspectiva jasídica más profunda

El pensamiento jasídico ofrece otra comprensión, más sutil.

La Torá describe a estos espías como líderes de sus tribus, y fue el propio Moisés quien los seleccionó. No eran hombres malvados. Al contrario, eran personas profundamente espirituales.

Para comprender su error, primero debemos comprender el entorno en el que vivían.

Durante su travesía por el desierto, el pueblo judío vivió en una realidad casi milagrosa. Su alimento provenía directamente del cielo en forma de maná. El agua brotaba del pozo de Miriam. Sus vestiduras crecían con ellos, y las Nubes de Gloria los protegían del peligro.

Sus vidas estuvieron dedicadas casi por completo a la espiritualidad.

Entrar en la Tierra de Israel lo cambiaría todo. Tendrían que arar los campos, sembrar, cosechar, construir casas y establecer una sociedad funcional. En lugar de vivir milagros en la distancia, se enfrentarían a los desafíos cotidianos.

Desde esta perspectiva, los espías no rechazaban a Dios. Más bien, creían que la forma más elevada de servirle era a través de la contemplación, la oración y la elevación espiritual.

¿Por qué adentrarse en el mundo del trabajo físico?

Pensamiento, habla y acción

La filosofía jasídica describe el alma humana como algo que se expresa a través de tres "vestiduras": pensamiento, palabra y acción.

El pensamiento es interno. El lenguaje expresa el pensamiento. La acción traslada esas realidades internas al mundo físico.

Asimismo, la creación misma contiene destellos ocultos de divinidad. Todo objeto existe gracias a una fuerza vital divina que lo sustenta. El propósito de la existencia humana es revelar esa santidad oculta utilizando el mundo físico al servicio de Dios.

Según una interpretación jasídica más profunda, esto fue lo que los espías no supieron apreciar.

Entendían el pensamiento.

Apreciaban la libertad de expresión.

Pero subestimaron el poder de la acción.

El propósito de la Torá

La diferencia entre la vida antes y después de la entrega de la Torá ilustra este punto.

Los Sabios enseñan que los Patriarcas observaron los mandamientos incluso antes del Sinaí, pero su observancia fue principalmente espiritual. Sin embargo, tras la entrega de la Torá, el mundo físico mismo se volvió susceptible de ser santificado.

Un simple acto físico —una donación caritativa, encender las velas de Shabat, ponerse los tefilín o realizar cualquier mitzvá— hace más que expresar una idea. Transforma la realidad misma.

Los espías deseaban permanecer en la elevada espiritualidad del desierto.

Dios quería que trajeran la santidad a la vida cotidiana.

Lecciones para hoy

La historia de los espías sigue interpelándonos porque aborda un desafío que existe en cada generación.

Resulta tentador creer que la espiritualidad solo pertenece a momentos de oración, estudio o contemplación. Sin embargo, el judaísmo insiste en que el propósito último de la conciencia espiritual es la acción.

Como bien enseñan los Sabios:

“Lo esencial no es el estudio, sino la acción.”

Esto no resta importancia al pensamiento ni a la emoción. Idealmente, nuestras acciones deberían ir acompañadas de comprensión, amor y devoción. Sin embargo, son las acciones las que transforman el mundo.

Esta historia también nos recuerda que si Dios nos pide algo, nos da la capacidad de lograrlo. Los mandamientos divinos nunca son exigencias imposibles. La misión misma nos brinda la fuerza necesaria para cumplirla.

Los espías detectaron obstáculos y concluyeron que la tarea era imposible de realizar.

La Torá nos desafía a ver esos mismos obstáculos de manera diferente: no como razones para retroceder, sino como oportunidades para revelar la santidad dentro del mundo mismo.

En definitiva, el mensaje de la Parashá Shelach es que la verdadera espiritualidad no se encuentra escapando del mundo físico, sino adentrándose en él, interactuando con él y transformándolo mediante el pensamiento, la palabra y, sobre todo, la acción.

Por el rabino Tuvia Serber

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