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Integrar la Torá en la propia vida a través de la reflexión y la conversación puede ser una experiencia increíblemente divertida y atractiva. Es un viaje de descubrimiento, en el que la sabiduría ancestral y las enseñanzas intemporales cobran vida en nuestras experiencias cotidianas. A través de la reflexión, tenemos la oportunidad de sumergirnos en el rico tapiz de la Torá, extrayendo profundas ideas y lecciones que resuenan en nuestras vidas modernas. La alegría reside en los momentos "ajá", aquellos en los que un versículo o una historia de la Torá conectan de repente con nuestros retos, aspiraciones y valores personales. Y cuando participamos en conversaciones sobre la Torá con otras personas, se convierte en una exploración interactiva, en la que diversas perspectivas e interpretaciones mejoran nuestra comprensión. Estos diálogos a menudo despiertan el entusiasmo y la curiosidad intelectual, haciendo que el proceso de aprendizaje sea agradable y satisfactorio. La Torá se convierte en una parte vibrante y dinámica de nuestras vidas, que nos ofrece no sólo orientación, sino también una fuente inagotable de fascinación, conexión y crecimiento.

NOTA: No te sientas obligado a consultar todas las fuentes ni a responder a todas las preguntas, a menos que quieras hacerlo. Incluso una sola fuente o una sola pregunta te dará mucho material para debatir y meditar. Disfrútalo.

Algunas reflexiones sobre la Parashá Shemini

“No bebáis vino ni bebida fuerte, ni vosotros ni vuestros hijos cuando entréis en la Tienda del Encuentro, para que no muráis…” (Levítico 10:9)

¿Cuál es la diferencia entre un estado que abre a una persona a una percepción más profunda y un estado que conduce a la destrucción? Nos atrae la idea de que los estados elevados, ya sea por emoción, inspiración o incluso intoxicación, pueden revelar verdades más profundas. Hay momentos en la vida en que una persona percibe algo más allá de la conciencia ordinaria, donde el mundo se siente unificado, donde las distinciones se desdibujan y todo parece apuntar a una sola fuente. Hay algo real en esa intuición. En el nivel más profundo, la realidad emerge de una sola Fuente. Lo que percibimos como opuestos, bondad y juicio, expansión y restricción, son parte de un único orden divino. Una persona puede vislumbrar ocasionalmente esta unidad. Pero aquí reside el peligro.

Nadav y Avihu trajeron lo que la Torá llama un “fuego extraño”, una ofrenda que no había sido ordenada por Dios (Levítico 10:1). Inmediatamente después, la Torá ordena que quienes realizan el servicio no deben entrar en estado de embriaguez. De esto, los Sabios entienden que su acción estaba relacionada con una pérdida de los límites apropiados. No estaban actuando por rebeldía, sino que buscaban algo superior. Y ese es precisamente el problema.

Este patrón aparece al comienzo mismo de la historia humana. En Génesis 3:6, la mujer ve que el árbol es “bueno para comer”, “un deleite para la vista” y “deseable para alcanzar sabiduría”. El acto no está impulsado únicamente por un deseo primitivo, sino que se presenta como una búsqueda de sabiduría, de una mayor consciencia. Sin embargo, este mismo movimiento, tomar lo que no fue ordenado, se convierte en la raíz de lo que a menudo se denomina la caída del hombre. Una dinámica similar se desarrolla en 1 Samuel 15. A Saúl se le ordena erradicar por completo a Amalec, pero perdona a los mejores animales. Cuando se le confronta, explica que fueron preservados para ofrecerlos a Dios. Su razonamiento es espiritual. Su intención, en apariencia, es elevada. Sin embargo, el profeta Samuel responde con un principio que llega al fondo del asunto:

“¿Acaso Dios desea tanto las ofrendas y los sacrificios como que se escuche su voz?” (1 Samuel 15:22).

La respuesta es clara. La intención espiritual no puede anular el mandato divino.

Ahora observamos un patrón recurrente: una persona percibe algo superior, trasciende los límites establecidos, reinterpreta el acto como significativo, incluso sagrado, y al hacerlo, reemplaza la obediencia con la autodirección. Esta es la distinción clave. Existe una diferencia entre experimentar la unidad y actuar en el mundo. Una persona puede percibir que todo es uno, pero eso no le da permiso para borrar las distinciones en la acción. En el mundo de la acción, el bien y el mal no son intercambiables, y lo correcto y lo incorrecto no son subjetivos. Los límites no son obstáculos para la espiritualidad; son su estructura.

Servir a Dios no se define por cuán elevados nos sentimos, sino por si actuamos de acuerdo con lo que Él nos ha ordenado. Para los noájidas, esto tiene un significado directo y práctico. El camino del servicio a Dios no consiste en inventar nuevos sistemas, rituales o atajos espirituales. Se trata de vivir en armonía con la voluntad de Dios tal como ha sido revelada a toda la humanidad, construyendo una vida de justicia, claridad moral y responsabilidad. Hay espacio para la profundidad, la comprensión y la sensibilidad, pero nada de esto reemplaza el fundamento.

Existe una idea relacionada, arraigada en otras religiones, que sostiene que los mandamientos de la Torá son demasiado exigentes para que los seres humanos los cumplan y, por lo tanto, deben ser reemplazados únicamente por la fe. Según esta perspectiva, el fracaso del hombre es inevitable y el papel del servicio divino se desplaza de la acción a la creencia. Sin embargo, los episodios que hemos examinado apuntan en la dirección opuesta. A Adán y Eva no se les dice que el mandamiento estaba fuera de su alcance; se les responsabiliza por traspasar un límite claro. Saúl no es excusado con el argumento de que la obediencia absoluta era demasiado difícil; se le reprende precisamente por sustituir lo ordenado por su propio razonamiento. Nadav y Avihu no son presentados como víctimas de un estándar inalcanzable, sino como individuos que se extralimitaron en nombre de la elevación espiritual. En cada caso, la Torá afirma que el ser humano es capaz de alinearse con la voluntad divina y que esta alineación, no el abandono de la acción, es el fundamento de la relación.

El error de Nadav y Avihu no fue la falta de pasión. El error de Adam y Eva no fue la falta de aspiración. El error de Saúl no fue la falta de intención religiosa. Su error fue cruzar la línea donde la percepción humana se antepone a la instrucción divina. Desdibujar esa línea es convertir la espiritualidad en autoexpresión, y la autoexpresión, cuando se antepone a la verdad, se vuelve egoísta.

También hay una lección más amplia sobre las limitaciones humanas. Algunos aspectos de la sabiduría divina escapan a nuestra comprensión. No siempre vemos todas las consecuencias de nuestras acciones, ni el significado completo de lo que se nos pide. Sin embargo, la relación misma se basa en esto: no en que comprendamos por completo, sino en que estemos dispuestos a alinearnos.

Que tengamos la bendición de buscar la verdad sin perder claridad, de esforzarnos por alcanzar la profundidad sin abandonar la estructura, y de servir a Dios no solo con inspiración, sino con fidelidad a lo que es correcto.

Ahora, reflexiona sobre las siguientes preguntas:

  1. Si una persona se siente profundamente inspirada o espiritualmente elevada, ¿qué criterios pueden determinar si esa experiencia debe guiar sus acciones o si, por el contrario, debe ser reprimida?
  2. En los casos de Adán y Eva, Nadav y Avihu, y Saúl, ¿qué creen que ganan al cruzar la frontera y qué pierden en realidad?
  3. ¿Por qué la obediencia a las instrucciones divinas podría ser más difícil para una persona que busca un significado superior que para alguien que simplemente sigue las reglas?
  4. ¿Cómo puede utilizarse indebidamente la idea de que "todo proviene de una sola Fuente" para justificar acciones que desdibujan las distinciones morales o de comportamiento?
  5. ¿Cómo sería, en términos prácticos, cultivar la profundidad espiritual sin dejar de ser plenamente fiel a unos límites morales claros?

Shabat Shalom

Por el rabino Tani Burton

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